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Alejandro Hernández J.

En 2015, el número de feminicidios oficialmente reportado a nivel nacional fue de 411, mientras que en 2019 hubo 1006 casos. Lo que quiere decir que este tipo de delito se duplicó en cuatro años. Por otro lado, 7 mil 654 mujeres fueron víctimas de desaparición el año pasado, de las cuales 5 mil 533 han sido localizadas. En lo que a violencia se refiere, según reportes del INEGI publicados en noviembre pasado, 30.7 de las 46.5 millones de mujeres mayores de quince años que viven en el país han enfrentado agresiones al menos una vez en su vida. De hecho, 43.9% de estos ataques son perpetrados por la pareja actual o anterior.

Algunos delitos hechos contra las mujeres son espeluznantes. Basta con recordar el ataque con ácido que recibió el año pasado la saxofonista María Elena Ríos, presuntamente bajo las órdenes de su expareja, Juan V.C., exdiputado priista. Por increíble que parezca, la fiscalía de Oaxaca indaga el delito como lesiones únicamente, pues los ataques con ácido no están tipificados en este estado. Además —y para colmo—, el mes pasado se dio una vulgar (y pornográfica) campaña de desprestigio en perjuicio de la joven a través de redes sociales.

Los hechos que se han mencionado hasta aquí prueban que las mujeres son el blanco permanente de una violencia masculina voraz que desgarra nuestras sociedades. Sin embargo, no se han hecho esperar las muestras de escepticismo y rechazo hacia los reclamos que se realizaron el domingo y el lunes pasados. “Las mujeres de bien producen, no destruyen.” “¿Cómo pueden exigir que se respeten sus vidas, si están favor del homicidio a través del aborto?”, decían algunos—y algunas(?)—. Tal vez hablen así porque, como escribía Ricardo Flores Magón el 2 de septiembre de 1910, “el derecho de rebelión no lo entienden los tiranos”.

“Y el Buitre Viejo acecha desde lo alto de su roca, fija la sanguinolenta pupila en el gigante que avanza, sin darse cuenta aún del porqué de la insurrección”, continuaba escribiendo Magón con una pluma elocuentísima. ¿Por qué hay tanto ruido y tantos destrozos?, se preguntan muchos —y muchas(?)—. Las instancias oficiales han mostrado su insuficiencia e ineptitud, por lo que solo queda el escarmiento público. Además, la ira justificada ha sido el motor principal de las transformaciones humanas, como lo resumía Ricardo Raphael hace algunos meses. Sin embargo, prosigue este célebre periodista en un artículo, el derecho a la ira digna ha sido históricamente una propiedad exclusiva del sexo masculino: “Zeuz arroja el rayo iracundo, pero jamás podría permitírselo la diosa Hera”. ¿Podrán las diosas arrojar rayos en la nueva mitología? Todo indica que sí.

Según los historiadores Felipe Ávila y Pedro Salmerón, las revoluciones, es decir, “esas grandes irrupciones de las masas populares para tomar en sus manos su propio destino”, solo se dan cuando las clases dominantes comienzan a fracturarse. Las grandes movilizaciones femeninas de las cuales hemos sido testigos en nuestro país son una prueba de que las estructuras sociales están por cambiar profundamente. En otras palabras, el patriarcado, es decir, el hecho de vivir con privilegios por el simple hecho de ser varón, estaría fisurándose. ¡Tanto mejor!

Instituciones como la Universidad Autónoma de San Luis Potosí o el Congreso del Estado de San Luis Potosí parecen haberse dado más prisa en borrar las pintas que en abrir espacios concretos para escuchar los reclamos. Además, organismos como la Organización de las Naciones Unidas sostienen que aún faltan 70 años para que verdaderas condiciones de igualdad se instalen en nuestro país. Sin embargo, ya hay pequeños cambios de actitud a nivel nacional. Por ejemplo, la Universidad de Guadalajara ha decidido documentar los grafitis en algunos de sus edificios antes de borrarlos, así como exhibir la placa dañada del edificio de rectoría como un recordatorio de la marcha. Por otro lado, la historia confirma que los cambios serán inevitables. Así, cuando las mujeres islandesas se pusieron en huelga el 24 de octubre de 1975, el parlamento islandés no tuvo más opción que garantizar la igualdad entre géneros mediante un cambio en las leyes.

El hombre no es el enemigo natural de la mujer, ni la mujer de la mujer, ni el hombre del hombre; pero la violencia, la impunidad y la falta de empatía son capaces de crear antagonismos entre grupos de la población que deberían estar unidos. Los espacios públicos nos dan cotidianamente una triste muestra de esto: desde hace ya algún tiempo, las mujeres que caminan sobre una acera por donde también pasan varones se cambian sistemáticamente al otro lado de la calle.

De hecho, ni siquiera el espacio lingüístico se encuentra a salvo de repercusiones por los enfrentamientos. Al escribir el presente artículo, este juntaletras ya no estaba seguro de si el uso del masculino genérico bastaba en palabras como “algunos” y “muchos”. Teóricamente hablando, desdoblar los géneros gramaticales (como al decir “todos y todas” en lugar de “todos”) crearía un antagonismo no natural en la lengua. En efecto, los pronombres no marcados (es decir, sin cambio en su flexión de género) tienen una mayor extensión. En otras palabras, las formas genéricas deberían ser más inclusivas. Pero esto ya no es el caso cuando, generación tras generación, las agresiones hacia las mujeres son la norma.

Intentar recuperar nuestros espacios naturales de comunicación e interacción debería ser nuestra prioridad. No es el momento de reafirmar oposiciones artificiales, sino de escuchar los reclamos justos, de examinar nuestras conductas e ideas y de hacer los cambios necesarios. Cerrar los ojos (o, peor aún, oponerse) a la rebelión femenina en curso sería como desear seguir siendo un Buitre Viejo.

Y quienes no queremos ser aves de rapiña, ¿qué hacemos para parar la violencia?