Por Victoriano Martínez

Cuando se privilegia la apariencia antes que los resultados, presumir un premio se vuelve prioridad, especialmente si en su auto descripción afirma que se trata de un reconocimiento a “las mejores prácticas”.

En su cuarto día como alcalde interino, y luego de que el pasado martes a las 14:59 horas dio de alta su página en Facebook como “Alfredo Lujambio C / Político”, el sustituto de Xavier Nava Palacios completó su primer docena de publicaciones en esa red social con el siguiente comentario:

Esta tarde recibí el premio Copilli 2020 otorgado al Consejo Ciudadano de Contraloría Municipal como una de las mejores prácticas locales de participación ciudadana. Es un orgullo que se nos reconozca en un tema tan fundamental como lo es el vigilar el recurso de todas y todos los potosinos”.

La denominación del premio es lo de menos. Una revista entregaba premios hasta a 19 ayuntamientos al mismo tiempo por reconocer “mejores prácticas”. A Mario García Valdez le gustaba presumir premios en transparencia. Ricardo Gallardo Juárez recibió un premio denominado “Sol de Oro”… Ayer, Alfredo Lujambio Cataño presumió el premio Copilli 2020.

Se trata de un premio que comenzó a presumirse desde el mes de agosto en varias ocasiones en publicaciones hechas en la página Web del Ayuntamiento y hasta en gacetillas en diversos medios, por lo que la entrega hasta ahora debió resultarles a destiempo para los fines de promoción para quien hoy ya se encuentra de licencia.

El premio en turno para el Ayuntamiento capitalino se le entrega por la conformación del Consejo Ciudadano de Contraloría Municipal, que se instaló en junio pasado, a 20 meses de iniciada la actual administración municipal.

Se trata de un ente que, de acuerdo a su reglamento, surge para “promover una cultura de participación social en la vigilancia, supervisión y el desempeño íntegro de los servidores públicos, en el buen ejercicio de sus funciones y seguimiento adecuado a la aplicación de los recursos que administre el Municipio”.

No obstante, como práctica de participación ciudadana sólo ha logrado una sesión el pasado 24 de junio y, en los siguientes cinco meses, incumplir en al menos dos ocasiones el artículo 20 de su reglamento que establece que “el Consejo sesionará ordinariamente cada dos meses y extraordinariamente en cualquier tiempo cuando surjan casos urgentes”.

Como una “mejor práctica”, a 10 meses de que concluya la administración municipal poco ha representado en cuanto a vigilancia y supervisión del buen ejercicio de las funciones de los servidores públicos, a menos que sus resultados sean sólo para consumo interno de la Contraloría Municipal o de la oficina del Presidente.

Los siete integrantes (Ángel Armando Rubio López, Angélica Susana Rubio Flores, Diana Carolina Sánchez Téllez, Rubí Estefanía González Pérez, Alejandro Enrique Castro Medina, Juan Fernando Zavala Pérez y Fernando de Luna de la Vega, éste último electo presidente en la única sesión reportada) están obligados por el reglamento a firmar una carta de confidencialidad.

La fracción IX del artículo 14 del reglamento les exige “conducirse con ética en el manejo de la información que utilice, guardar reserva de la que tenga acceso, por razón de sus atribuciones, así como evitar e impedir el uso, sustracción, destrucción u ocultamiento indebidos de aquélla, debiendo firmar, para garantizar el cumplimiento de su encomienda, una Carta de Confidencialidad”.

Tal vez eso explique por qué no se da a conocer información sobre sus actividades en los últimos cinco meses, ni sean notorios los efectos de su actuación, y el premio Copilli 2020 sea la confirmación de que, aunque no se ven, existen… y algún beneficio representan para los habitantes del municipio, quienes algún día lo notarán.

Y es que, de no ser así, los siete consejeros que lo integran van camino a perder esa condición por renuncia tácita que, según el artículo 30 de su reglamento, se da por la inasistencia a más de tres sesiones ordinarias, de esas que deben realizarse cada dos meses, o sea, ya se perdieron dos.

Así suele suceder cuando se privilegia la apariencia. Se presumen premios para proyectar buenos resultados, buenas prácticas, pero no suelen percatarse de que tal presunción pone la atención sobre los méritos que respaldan el reconocimiento: ¿se realizan acciones para obtener reconocimientos o para servir mejor a la población?