Joel Hernández
Pensé que tardaría mucho tiempo, o no podría escribir de esto. Al final, escribir es un deporte parecido al boxeo. No se juega, porque duele. Si no duele, no es boxeo, son aeróbics pegándole a un costal. Uno escribe para reescribir la historia propia, como en Hey Jude de los Beatles: Take a sad song and make it better. El pasado no es algo que dejas ir, no lo «sueltas» —eso es ramplonería moderna—, lo tomas como arcilla y lo mejoras. Escribir es un conjuro, es Alta Magia.
Esta es la crónica de la última fecha del proyecto «Sangre de Coyote; Semilla que Florece el Barrio», la visita al Hospital Central. Oncología. Niños y Adultos. Lo Sagrado; vida, muerte y transformación. Semillas, flores. Los enfermos del barrio, el otro barrio.
Contactamos a la Dirección del Hospital. Les explicamos. Cejas alzadas. —¿Un acordeón, un bajo, dos guitarras y un violín? ¿Gypsy qué? ¿Jazz? ¿En las camas de los pacientes? —Confíe en mí, señor director, aquí también se fue mi mamá.
Hubo una pausa. Un momentum.
—Mi mamá también padeció y se fue. ¿Me das tu palabra? —Palabra, doctor. Palabra.
Salí de esa reunión y le escribí a los Sangre de Coyote: —Señores: estamos dentro, miércoles 17 de diciembre, nueve de la mañana. Cuando bajen a los pacientes de sus tratamientos pasaremos a sus camas. Empezamos con los niños y cerramos con los adultos. Venga, vamos a cerrar esta gira, única en el mundo.
Ese día, antes de ingresar, nos reunimos en la puerta de urgencias. Les tenía un invitado sorpresa: el Maestro Juan Pablo Rivera Sierra. Élite de la guitarra mexicana, un virtuoso de la fusión clásica y flamenca. Todos, viejos conocidos, nos saludamos entre abrazos y bromas fáciles. Disimulábamos los nervios. En el juego de las sorpresas, Juan Pablo —que fue el primero en llegar, a la hora exacta— me tenía otra. No tocaría la guitarra, solo quería cantar para los niños. El Ratón Vaquero y El Chorrito, de Cri-Cri.
Entramos. Nadie lo dijo, pero de esa gira fue más imponente entrar al Hospital que a las cárceles. Primero, y en una feliz causalidad, pasamos al comedor de enfermeros y doctores. Tenían una posadita, con buñuelos y la cosa. Nos vieron entrar dejando los cubiertos en el aire. Los Coyotes se hicieron de la primera silla que alcanzaron, sacaron instrumentos y sonaron acordes. Terminaron de tocar Czardas, vino el aplauso y el «¡otra, otra!». Del otro lado del salón emergió un enorme: «¡Shhhh!».
Cierto, claro. Silencio Hospital, Fabulosos Cadillacs.
Se terminó el calentamiento. Guardamos todo y subimos con los niños. Caminamos esos pasillos cruzando miradas rápidas. Primero, pasarían solo tres al pabellón de inmunodeprimidos. Cubrebocas obligatorio.Como en una tanda de penaltis, Miguel pidió el balón. Lo siguieron Juan Pablo y Emanuel. Había seis camas, pero solo cuatro ocupadas. Cada niño con dos enfermeras permanentes que los tomaban de la manita animándolos.
Cantaron El Chorrito. Entonces entendí: la música era la gota de agua que da la nube, como regalo para la flor. La gotita sube y baja, al compás de esta canción. Una doctora que venía caminando por el pasillo se detuvo en la puerta, marcando el ritmo con los pies. —Muchas gracias —nos dijo.
Los niños, en aquella situación, no decían mucho.
«Allá en la fuente había un chorrito, se hacía grandote, se hacía chiquito.
Estaba de mal humor. Pobre chorrito tenía calor»
Salimos de ese cuarto. Ahora las cejas alzadas eran nuestras. El grupo pasó al siguiente, y a otros tres cuartos más, cada uno con seis camas. Cada escena tan humana como la otra. La fragilidad de los sueños. En un trabajo musical sensacional, tocaron a un volumen perfecto, como un susurro exacto que se escuchaba adentro, pero imperceptible afuera. Juan Pablo acompañó con mímica teatral las canciones; no le conocía esa faceta, pero agradecí conocerla. Cuando pasamos al último cuarto, a mi derecha estaba Gerardo. Le di dos golpecitos en el pecho con el dorso del puño. —Ahí vamos, ahí vamos —me contestó.
De todas las presentaciones, esa fue la más larga. Sangre de Coyote plantó cara. En cada cuarto tocaron tres o cuatro piezas, sin prisas. Bajamos al área de adultos, todos en un silencio absoluto, miradas incluidas. La energía era otra: sucede que es otro espejo. Sucede que es otro recuerdo, sucede que soy otro tú. El violín tocó el último acorde, guardamos y nos retiramos sin saber qué decir.
Nos reunimos en la sala de espera, me separé del grupo y me recargué en una pared viendo un punto fijo. Andrés (acordeón) y Beto (fotografía) se me acercaron. —Mi mamá también —dijo uno. —La mía también —dijo el otro.
Dios, detén la plaga, por favor.
Adentro, el hospital seguía su curso diario. El personal médico iba y venía, subía y bajaba.
«Ahí va la hormiga con su paraguas»
Pasar por afuera del hospital, todos estos años, fue gota de memoria en un grifo que no cerraba. La canción está reescrita. El acto de Magia, terminado. Ahora es gota de nube que da a la flor.
Joel Hernández Vázquez.
No muere la flor de la palabra
Enero, 2026.
Epígrafe:
Existe otro acto de magia en desuso: dar las gracias.
Me pidieron no hacerlo, pero me voy a tomar esa libertad.
Gracias, Dr. Francisco Goldaracena Orozco, Director General del Hospital Central.
Gracias, Dr. Mario Aquilino Moreno Terrones, Jefe de Pediatría.
Gracias por confiar, por abrir la puerta.
Gracias por todo lo que se está haciendo ahí adentro.
Joel Hernández.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.
San Luis Potosí, México. 1985 – ¿?
Soñaba con jugar en el América y anotar un gol en el Estadio Azteca. No pudo. Se hizo abogado. Escribe crónicas que se leen con voz de Kevin Arnold.
Siempre pierde las llaves.






