Alejandro Hernández J.

Nuestro amable lectorado seguramente recordará a Juan, personaje hipotético rioverdense quien, en nuestro artículo del 23.10.19, narró sus penosas experiencias con el transporte público potosino. No hace mucho, María Guadalupe —hipotética profesionista potosina cuyo nombre es el más común en nuestro país— leyó el testimonio de Juan y decidió compartir sus experiencias y reflexiones sobre el mismo tema.

A diferencia de Juan, quien en octubre acababa de mudarse a la capital de nuestro estado, María Guadalupe ha pasado toda su vida en esta ciudad. La joven profesionista vive en la colonia Valle Dorado, desde donde tiene que desplazarse seis veces por semana a una oficina situada en Lomas Cuarta Sección. María Guadalupe conoce al dedillo el camino hacia su trabajo y su trayecto es tan tormentoso como el de Juan: toma dos camiones para ida y para el regreso respectivamente, teniendo que utilizar dos tarjetas de prepago diferentes —UrbanPass y CityBus— para cada ruta; nunca puede saber con antelación a qué hora pasarán las unidades, por lo que en muchas ocasiones ha tenido que esperar decenas de minutos (no sin recibir a menudo una buena dosis de vulgares piropos), para finalmente verse obligada a gastar en taxis o ubers; tampoco puede prever cuándo pasará el “autobús rosa” y, cuando lo ha tomado, ve con asombro cómo los espacios son finalmente ocupados tanto por mujeres como por hombres.

En sus ratos de ocio disfruta con sus amigos, pero se siente frecuentemente confundida cuando, caminando por alguna calle que no conoce, no ve ningún parabús cercano y no sabe dónde se detendrán los camiones; ante esta situación, María Guadalupe termina frecuentemente —particularmente por razones de seguridad— de nuevo haciendo uso del servicio de automóviles de alquiler. Por otro lado, cuando se trata de planear un nuevo desplazamiento, la aplicación Moovit le ha sido útil, pero con muchas reservas. De hecho, le parece que con esta aplicación las autoridades y los prestadores de servicio intentaron “lavarse las manos” en lo que a la publicación de los itinerarios se refiere. Cada que se encuentra en un parabús o en un camión, una pregunta no deja de dar vueltas en su cabeza: ¿por qué no hay ningún cartel o mapa que explique el recorrido de la ruta?

Como muchísimos potosinos, María Guadalupe se encuentra preocupada por el inminente aumento a la tarifa del transporte público. María paga un promedio de 28 pasajes a la semana; con la nueva tarifa, cada uno le costaría nueve pesos (siempre y cuando se mantenga el descuento por pasaje de ochenta centavos al recargar sus tarjetas de prepago), lo cual se traduce en $13 mil 104 pesos anuales. María invierte la mayor parte de este monto en ir y venir de su trabajo (24 del total de los pasajes semanales), pero si tuviese que comprobar estos gastos, el trámite no es sencillo: el único lugar donde puede solicitar las facturas por sus pasajes es en las sedes de las compañías de las dos tarjetas de prepago, donde, como ya sucede en cualquier otro centro de recarga de la ciudad, no se aceptan pagos con tarjetas bancarias; por lo tanto, estrictamente hablando, María ni siquiera podría obtener las deducciones fiscales correspondientes.

Al hacer estas cuentas, María recuerda el ejercicio comparativo que la historia de Juan presenta entre el sistema de transporte de varias ciudades del mundo y el potosino. ¿Cómo es posible que en ciudades como Moscú, Toulouse o Bonn las tarifas anuales sean respectivamente de 5 mil 765 pesos (19 mil 200 rublos rusos), 10 mil 886 pesos (510 euros) y 7 mil 789 pesos (365 euros) por excelentes servicios ilimitados —sí, ¡ilimitados!— en tranvías, metro y autobuses? María Guadalupe no desea quedarse atrás en la búsqueda de comparaciones capaces de indignar incluso a personajes hipotéticos, por lo que hizo su propia búsqueda internacional.

En la ciudad de Montréal, Canadá, la Société de Transport de Montréal (STM) ofrece desplazamientos ilimitados en autobús y metro por 15 mil 108 pesos anuales (86,5 dólares canadienses al mes). Todas las líneas poseen itinerarios con horarios para cada parada y toda esta información esta publicada en cada parabús, en las estaciones de metro y al interior de las unidades. Ante cualquier desviación —agendada o imprevista— los altavoces de las unidades informan los nuevos itinerarios temporales a los pasajeros. A pesar de que Montréal es una de las ciudades del mundo con los inviernos más severos, la puntualidad de las unidades no se ve afectada: los autobuses cuentan con carriles exclusivos y el servicio logístico de la STM es de altísima precisión. La comodidad de los usuarios tampoco se ve afectada por el invierno: las unidades cuentan con calefacción. En lo que al cobro de las tarifas se refiere, los conductores no tienen el estrés innecesario de conducir mientras reciben dinero y dan cambio, y los usuarios no necesitan contar sus monedas ni comprar dos tarjetas de prepago: todos los pasajes son validados con una sola tarjeta llamada OPUS. El siguiente video hecho por un residente de origen latinoamericano da un buen panorama de los servicios ofrecidos por la STM:

En la ciudad de Jena, Alemania, los usuarios pueden realizar desplazamientos ilimitados en tranvía y autobús por $15 mil 168 anuales (60.5 euros mensuales). Como en el caso del transporte de Montréal, los itinerarios y los horarios de las líneas del Jenaer Nahvekehr se encuentran fijados en los parabuses y unidades correspondientes, y la aplicación gratuita “MeinJena” permite planificar todo tipo de desplazamientos. Todas las paradas de cada una de las rutas cuentan con nombres, los cuales son anunciados por pantallas y por altavoces. Los autobuses cuentan con carriles exclusivos y los tranvías con rieles que unen directamente algunos puntos de la ciudad que serían más difíciles de alcanzar en automóvil. Para los usuarios ocasionales, existen pases ilimitados por día o por semana; todos los boletos de transporte pueden ser adquiridos con efectivo o con tarjeta bancaria en cajeros automáticos situados en los parabuses o dentro de cada tranvía. Por si fuera poco, los puntos neurálgicos de la ciudad (hospitales, estaciones de autobuses y de tren, edificios del ayuntamiento, facultades universitarias, etc.) cuentan con amplias zonas de transferencia. La Stadtwerke Jena Gruppe (compañía municipal de electricidad, gas, agua y transportes públicos) da una muestra de sus servicios de transporte en el siguiente video.

Como Juan, María Guadalupe ha decido leer la Ley del Transporte Público del Estado de San Luis Potosí. La contradicción entre los principios rectores del servicio que el documento describe y la experiencia cotidiana de María es grave y siniestra. Es evidente que el uso preferencial del espacio público es para los automóviles, no para las personas con discapacidad, los peatones o el servicio de transporte público de pasajeros. No se respeta tampoco el derecho de los ciudadanos para desplazarse de manera accesible y con el menor impacto ambiental posible. No hay una presencia sistemática de parabuses y ningún horario ni itinerario se encuentra visible. Ante esta realidad, ¿cómo se puede hablar de movilidad sustentable o de calidad en el servicio sin caer en el cinismo? Si, según la citada Ley del Transporte Público, nuestro sistema de transporte debería ser tan bueno como el de las ciudades alemanas ¿qué mejoras sustanciales podrían realmente traer noventa días de prórroga al aumento de la tarifa?

Como seguramente muchos de los miles de usuarios lo hacen, María Guadalupe no tiene fe en que las autoridades se preocupen por la calidad del transporte público en San Luis Potosí. Esta omisión podría deberse al hecho de que, frecuentemente, quien se incorpora a un puesto de poder termina necesariamente perteneciendo una clase social jerárquicamente elevada, donde el automóvil es rey. ¿Qué va a saber de las incomodidades del transporte público quien no lo usa? De los concesionarios, María tampoco espera nada. ¿No dicen algunas malas lenguas que un buen negocio es el que da mucho rendimiento con poca inversión? María Guadalupe tampoco es optimista en lo que a los operadores se refiere. Algunos de ellos le han contado que su jornada laboral dura 16 horas en promedio, por un salario cotidiano que ronda los 500 pesos (es decir, alrededor de 31 pesos por hora de trabajo); su carga de estrés es considerable, pues, por ejemplo, deben recibir efectivo y dar cambio mientras conducen en carriles no exclusivos. En este sentido, tal vez sean ellos los primeros en sufrir el pésimo servicio del transporte público capitalino.

¿Y por qué, se pregunta María Guadalupe, muchos de los ciudadanos con capacidad de acción prefieren endeudarse por años para comprar un nuevo automóvil que reclamar colectivamente un transporte público decente? Sus insuficientes y tal vez ingenuas lecturas de Marx le recuerdan que quienes poseen los medios de producción material, poseen también los medios de producción ideológica. Por lo tanto, los intereses prioritarios de los grupos dominantes serían a menudo presentados como intereses necesarios para el resto de los grupos jerárquicamente menores. Siendo San Luis Potosí un líder global en el sector automotriz, ¿no es razonable pensar que la gran mayoría de la población (incluidas aquí las autoridades y los concesionarios) creerá que la verdadera solución para la movilidad urbana es el automóvil y no el transporte público?

En resumen, piensa María Guadalupe, nada impide suponer que concesionarios, autoridades y ciudadanos se encontrarían todos en una misma lucha desenfrenada por el ascenso social a costa de lo que sea. ¡Si tan solo la calidad de vida de los operadores y de los usuarios del transporte público no fuera tomada por un juego! ¡Si tan solo reconociéramos que nuestras ambiciones no son, en muchos casos, más que un juego!

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¡Qué feliz eres, niño, sentado en el polvo, divirtiéndote toda la mañana con una ramita rota! Yo sonrío al verte jugar con este trocito de madera.
Yo estoy ocupado haciendo cuentas, y me paso horas y horas sumando cifras.
Tal vez me miras con el rabillo del ojo y piensas: ‘¡Qué necedad perder la tarde con un juego como ése!’
Niño, los bastones y las tortas de barro ya no me divierten; he olvidado tu arte.
Persigo entretenimientos costosos y amontono oro y plata.
Tú juegas con el corazón alegre con todo cuanto encuentras. Yo dedico mis fuerzas y mi tiempo a la conquista de cosas que nunca podré obtener.
En mi frágil esquife pretendo cruzar el mar de la ambición, y llego a olvidar que también mi trabajo es sólo un juego.
-Rabindranath Tagore