Adriana Ochoa
El tablero potosino de 2027 lleva en el medio el trazo de una fractura abierta. De una vez dicho: quien pretenda habitar el confort de una tibia neutralidad para no ofender a nadie descubrirá la forma más rápida de volverse invisible en la papeleta. Le ocurrirá, irremediablemente, a Movimiento Ciudadano. San Luis Potosí no perdonará las tintas medias. La contienda por la gubernatura será un plebiscito a munición gruesa entre dos bloques: el gallardismo y el antigallardismo.
No se ve espacio para la contemplación. Somos, el nuevo chico en el escenario político, entiende el conflicto e intenta meter codo. Morena, por voz de su coordinador estatal Elí Cervantes, ha dejado en claro que para ellos también el gallardato es una “maldita herencia”, como machaca el gobernador contra PRI y PAN. Del otro lado del espectro, el alcalde capitalino Enrique Galindo Ceballos abandera abiertamente el polo opuesto. San Luis Potosí se prepara para una contienda sin prisioneros ni espacio para los tibios.
En el epicentro del huracán va la senadora Ruth González Silva, esposa del gobernador y la candidata natural de un clan oficialista que apuesta a prolongarse. Su fortaleza descansa en una fórmula pragmática: gestiones territoriales y una profusa agenda legislativa que capitaliza el arrastre del DIF. No ofrece discursos sofisticados, sino soluciones inmediatas: apoyos alimentarios y servicios de salud. Es la política del contacto directo y la respuesta asistencial, un método que sostiene su liderazgo en las encuestas locales.
Sin embargo, su capital político soporta un lastre crítico. Pese a la inversión oficial en un ecosistema de medios afín, el volumen mediático que rodea a la senadora genera un rechazo nocivo o se pierde en ruido inútil. Las defensas públicas sobre su derecho a ser votada, la ostentación de recursos y la cascada de iniciativas sin aprobación alimentan la narrativa de una dinastía. Su imagen corre el riesgo constante de ser percibida como el mero brazo ejecutor de una continuidad familiar.
Para consolidar el triunfo, Ruth González necesita aplicar una disciplina quirúrgica y quedarse únicamente con lo que realmente le suma. Quizá depurar la estridencia, suspender la promoción disfrazada de gestión pública y cortar de tajo las justificaciones sobre el nepotismo. Cada explicación que da sobre su vínculo matrimonial reactiva el estigma. Su única ruta de escape es encarnar resultados medibles y marcar una distancia simbólica respecto al Palacio de Gobierno.
Del otro lado de la mesa aguarda Enrique Galindo Ceballos. El alcalde reelecto de la capital sostiene su candidatura sobre una aprobación municipal que bordea el 66%. Galindo encarna el contrapeso natural frente al gallardismo, respaldado por su trayectoria en seguridad y su capacidad de gestión. Su desafío inmediato es transformar ese respaldo urbano en un proyecto de alcance estatal, capaz de aglutinar el descontento disperso.
Declararse “antigallardista” le otorga a Galindo una bandera rentable para agrupar a las oposiciones y atraer a los desencantados de Morena. No obstante, el discurso puramente reactivo entraña el peligro de amarrarlo a un techo electoral bajo. La confrontación directa puede desgastarlo si no proyecta una alternativa real de gobierno. Anunció que si el voto le favorece, se enfocará en la infraestructura hidráulica que por sexenios no se ha hecho. Buen punto que su compromiso sea con el agua. El solo rechazo a la dinastía funciona como un marco de contraste indispensable, pero no puede sustituir a un proyecto integral para la entidad.
Galindo requiere concentrar sus fuerzas en la gestión demostrable de la capital, la credibilidad en seguridad y la expansión hacia el interior del estado. Es un tipo de tiempos bien calculados y ya hallará cuando salir de los desplantes mediáticos que tanto gustan al gobernador Gallardo. La sola retórica contra la familia gobernante no bastará si no logra unificar a la oposición tras una causa sólida. El tiempo apremia y la indefinición de siglas representa un lujo costoso.
El desenlace de esta trama dependerá también del movimiento final de Ricardo Gallardo Cardona. La ley antinepotismo no le impedirá entregar la estafeta a su esposa en 2027. Sin embargo, su intención de solicitar licencia para sumarse a la campaña introduce una variable de alto riesgo. Abandonar el Palacio de Gobierno de forma anticipada implica arriesgar el control fino de la estructura estatal en la fase más decisiva del proceso electoral.
La partida está cantada y la fragmentación del voto definirá el destino de la contienda. El gallardismo confía plenamente en la fuerza de su maquinaria asistencial para retener el poder. La oposición apuesta todo al desgaste de la dinastía y al cansancio social. En esta batalla de trincheras, quien no entienda que la política potosina exige tomar partido de forma radical terminará sepultado bajo el peso de su propia irrelevancia.
CRESPÓN FÚNEBRE. La muerte del maestro Efraín Ochoa Aguirre es el apagón silencioso de una frecuencia que durante décadas articuló la vida de Radio Universidad. Hay hombres que construyen la historia desde el estrado y la retórica, pero Efraín prefirió edificarla desde la sobriedad técnica: allí donde los cables, las consolas y los micrófonos dejan de ser fierros para convertirse en el cauce de la palabra pública.
Durante generaciones, fue la certeza técnica al fondo del estudio, pero sobre todo, la templanza pedagógica que enseñó a cientos de jóvenes debutantes en cabinas a respetar el oficio del aire. Antes de ser teóricos o comunicadores, muchos aprendieron con él el rigor de escuchar, de ajustar la ganancia con precisión y de entender que la radio es, en esencia, un acto de responsabilidad con el otro.
Quienes fueron sus alumnos saben que su maestría no se medía en estrados ni en artificios formales, sino en la generosidad constante de quien sabe hacer las cosas bien y se toma el tiempo de enseñarlas con paciencia de artesano. Era ese maestro querido no por concesión, sino por la autoridad tranquila que otorga el trabajo diario y la calidez humana.
La radio universitaria pierde a uno de sus soportes fundamentales y la comunidad académica a un referente entrañable. A su familia, colegas y a la comunidad de la UASLP, nuestro más sentido pésame. Descanse en paz.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.
Adriana Ochoa es periodista desde 1988. Actualmente es directora de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y docente titular de Organización Política y Ciudadanía.






