Alejandro Hernández J.

“Todas las colegas y colegos, los colegas que trabajan en el sector salud, hombres y mujeres…” Así se dirigía el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud del Gobierno de México, Hugo López-Gatell, a los miembros de su gremio durante la conferencia del 5 de abril del presente año. Bajo severas acusaciones de “cantinfleo” y de ignorancia, algunos se aprovecharon de estas vacilaciones lingüísticas para denostar la figura del funcionario; otros celebraron los esfuerzos del vocero por mostrar un lenguaje incluyente y no sexista. Desde luego, las redes sociales no se quedaron atrás, enmarcando el evento en videos y memes. 

Sea como sea, el hecho pone de manifiesto un fenómeno por demás delicado: la violencia y opresión hacia las mujeres han llegado a un punto tan alto que incluso nuestra manera de hablar se ve puesta en duda. En este contexto, dos frentes se han creado: quienes desean defender la norma lingüística a cualquier precio y quienes no piensan escatimar recursos en la difusión mundial de un lenguaje incluyente. Cuando ambos grupos presentan argumentos valiosos, muchos pueden sentirse confundidos, como lo demostró el doctor Gatell con su discurso. Además, hace unos días, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) determinó inconstitucional la obligación de que los medios propicien el uso correcto del lenguaje. De esta manera, el auditorio (y los comunicadores) sin formación lingüística especializada podrían eventualmente ver crecer sus confusiones lingüísticas. Por ello, en el presente artículo, deseamos compartir algunas reflexiones que ayuden a orientarnos en este tema tempestuoso, pero interesantísimo.

Dicho de manera simplificada, una lengua se constituye de dos componentes: un conjunto de símbolos (conceptos acompañados de formas sonoras o gráficas) y un código con reglas de asociación y de combinación. La regulación de este sistema es impresionante. Por un lado, el concepto “casa” puede asociarse únicamente con la forma que le corresponde: /’kasa/, al hablar; ‘casa,’ al escribir. Por otro lado, solo la secuencia “vivo en una casa” es posible, mas no “una en vivo casa”. Cabe mencionar que el concepto “casa” no se refiere a una casa en particular, sino a una idea abstracta del tipo “lugar donde se vive” o “vivienda unifamiliar que no es un departamento”. En efecto, mi casa, la que no está hecha de sonidos, sino de ladrillos, pertenece al mundo real —el mundo extralingüístico—, y se denomina referente. 

No debemos confundir conceptos con referentes. Así, biológicamente, las especies tienen individuos de sexo diferente (referentes): hembras y machos —hombres y mujeres, en el caso de los humanos—, mientras que las lenguas poseen géneros (conceptos). Puesto que el mundo lingüístico no es el mismo que el mundo extralingüístico, no existe ninguna relación directa entre ambos. Demos un ejemplo. En la naturaleza existen árboles “macho”, “hembra” y otros que, prosaicamente hablando, son de ambos sexos, pues se polinizan ellos mismos. Ahora bien, en español, la palabra ‘árbol’ es de género masculino, mientras que los equivalentes árabe (شجرة) y ruso (де́рево) son femenino y neutro respectivamente. Por si fuera poco, hay lenguas en las que las oposiciones de género son irrelevantes o imposibles.

Como vemos, en los idiomas del mundo, no existe necesariamente una correspondencia entre el género lingüístico y el sexo extralingüístico. Dicho de otro modo, si un individuo es de sexo masculino, la palabra que se refiere esta clase de entes podría ser lingüísticamente masculina, pero también femenina o neutra. Es debido a esta propiedad lingüística que el español se sirve del género masculino como una forma neutral para referirse a individuos de ambos sexos. Por ello, algunos detractores del lenguaje incluyente ven en las expresiones del tipo “ciudadanos y ciudadanas” un abuso. En efecto, teóricamente hablando, la palabra “ciudadanos” es suficiente; lo contrario iría en contra de la economía lingüística. Si retomamos el discurso de López-Gatell, observamos fácilmente que, lo que hubiese podido decirse en seis palabras (“Todos los colegas del sector salud”) terminó convirtiéndose en una serie de 16 palabras (“Todas las colegas y colegos, los colegas que trabajan en el sector salud, hombres y mujeres…”). 

Por su parte, los defensores del lenguaje incluyente se basan en una posición respetable (aunque extremamente polémica en las ciencias del lenguaje), a saber, que el lenguaje moldearía nuestra visión del mundo. Por ello, muchos defienden que, si la población entera dijera “ciudadanas y ciudadanos”, “ciuadan@s”, “ciudadanes” o “ciudadanxs”, el sexo masculino dejaría de estar en un pedestal no solo lingüístico, sino social. Sin embargo, esta postura no es lo suficientemente radical. Una verdadera visibilidad lingüística de lo femenino exigiría que este género no solo se manifestara en el cambio de las terminaciones de los sustantivos o adjetivos (amig-o, amig-a, amig-“x”, amig-“@”, amigu-“e”), sino también en nuevos pronombres y conjugaciones. 

De hecho, el género femenino posee ya, de manera natural, una relevancia especial en idiomas como el árabe. Así, mientras que en el español mexicano existen diez pronombres personales y sus respectivas conjugaciones —yo, tú, él, ella, nosotros, nosotras, usted masculino/femenino, ustedes masculino/femenino, ellos, ellas—, el árabe unificado posee 13, con dos formas femeninas adicionales: yo, tú masculino, tú femenino, él, ella, nosotros masculino/femenino, ustedes masculino, ustedes femenino, ustedes dos masculino/femenino, ellos, ellas, ellos dos, ellas dos. Adicionalmente, este idioma utiliza terminaciones femeninas singulares en los adjetivos que califican sustantivos plurales, sean estos masculinos o femeninos. Por ejemplo, la traducción literal de la expresión “هذه المقالات الجديدة مثيرة للاهتمام” (estos nuevos artículos periodísticos son interesantes) sería “esta nueva artículos interesante —donde también la palabra “interesante” tiene la forma femenina singular (y el verbo ser se omite)—. Como vemos, el árabe unificado brinda una especie de visibilidad lingüística mayor al género femenino; cabe preguntarse si debido a esto las sociedades árabes son verdaderamente más igualitarias que la nuestra. 

Sin embargo, intentar denostar el lenguaje incluyente debido a sus bases lingüísticas poco sólidas sería un error. Hablar no es solo emitir cadenas de sonidos para intercambiar información factual, sino también realizar actos sociales (como hacer promesas, enviar felicitaciones, etc.), decir que se es miembro de un grupo determinado o mostrar posturas ideológicas. Por si fuera poco, el discurso también permite desafiar el poder de otros grupos, dando eventualmente lugar a nuevas formas de organización social (Van Dijk, 2000). Por lo tanto, cuando el doctor López-Gatell decía “colegas y colegos…”, hizo varias cosas al mismo tiempo: saludó a su gremio, reafirmó que pertenece a este grupo de especialistas y sacó la casta política —pues empleó formas que corresponden a los mayores ideales democráticos occidentales: libertad de expresión e igualdad—. 

Ahora bien, ¿es posible afirmar que, con su discurso, el Subsecretario de Salud mostró un compromiso auténtico para que las mujeres dejen de ser agredidas y los hombres dejen de obtener mayores beneficios en todos los ámbitos solo por el hecho de haber nacido con sexo masculino? Según especialistas como la reconocida lingüista Concepción Company, uno de los mayores riesgos del lenguaje inclusivo es que es políticamente correcto. Es decir, con él, las figuras públicas pueden quedar bien ante las masas, aunque la justicia para con las mujeres no mejore. Dicho de otro modo, el lenguaje inclusivo, desarrollado como una herramienta necesaria para desafiar al poder, podría volverse el instrumento con el cual las cúpulas ocultan su indolencia. Un ejemplo sombrío de este hecho es que, cuando se refieren a personas que sufren de algún impedimento de movilidad, de interacción o de visión, todas las autoridades utilizan eufemismos —como el ya conocido “personas con capacidades diferentes”—, pero las ciudades no dejan de ser campos minados para la movilidad peatonal. 

En resumen, el lenguaje incluyente es una interesante propuesta discursiva basada en reclamos justos y necesarios; su mayor logro es haber logrado crear una tensión individual y colectiva que atestiguamos cotidianamente en nuestras interacciones y que, idealmente, debe dirigirnos hacia una sana reflexión sobre la igualdad social. Sin embargo, es difícil negar que esta modalidad lingüística entorpece la comunicación y que posee bases teóricas muy débiles. Su principal desafío es no convertirse en uno de tantos instrumentos que permiten ocultar la indolencia de los ciudadanos, de los mercados y de los Estados.