La mejor sonrisa

Alejandro Rubio

En ocasiones solemos ver la administración pública, la política y las elecciones como algo simple, quizás hasta inocente. Un monigote pidiendo el voto con su mejor sonrisa hasta podría resultar simpático. Es más, uno puede llegar a empatizar con él.

Pero no es así.  

Con un simple tache en una boleta se comienza a gestar un entramado de intereses que rodean a cada una de las inocentes sonrisas que vemos pasearse por la ciudad cada tres o seis años.

Pero ellos son tan solo la punta del iceberg, abajo hay toda una estructura corrompida que, salvo sus contadas excepciones, ha aprendido a sobrevivir a costa de los demás.

¿Cuántas veces no hemos escuchado a alguien decir que quiere trabajar en gobierno, para ganar bien y no hacer nada?

Desde ahí está todo mal, pero esta es una actitud que los mismos pillos politiqueros han establecido y propagado en la sociedad.

Para empezar, habría que dejar de ver la administración pública como un negocio; los negocios son para hacer dinero y el gobierno no es para eso. El que ocupa un cargo que se paga con impuestos, sea de elección popular o no, está ahí para servir, para servirle a los demás, de ahí que se les llame “servidores públicos”.

Nadie debería entrar al gobierno con las expectativas de salir siendo rico, porque desde que se concibe esta actitud, está garantizada la corrupción y, por ende, las deficiencias en los servicios.

Hay dinero y mucho. También estructuras definidas, organización e instituciones que pueden funcionar. Pero entonces, ¿por qué hay una espera de dos horas para recibir una atención en un hospital público? ¿por qué no me pueden surtir mi receta médica completa? ¿por qué esa calle nunca ha sido arreglada si está en pésimas condiciones? ¿por qué la impresora de esa oficina no tiene tóner? ¿por qué el baño de los juzgados nunca tiene papel?

Porque sí hay personal contratado, pero el doctor nada más llega a checar y se va a su consultorio particular (regresa más tarde para checar salida), y como es amigo del director, nadie le dice nada.

Porque sí se licitó el medicamento y hasta se pagó… pero a una empresa fantasma de la que es dueño el primo del secretario de Salud, entonces el dinero se salió del erario, pero se quedó en la familia.

Porque sí hay presupuesto para obras públicas, pero el encargado de gestionar proyectos y mejoras en las vialidades es un contador que estaba bien parado en un partido político, entonces le tocó el puesto no por capacidad y conocimientos, sino por cuota.

Porque sí se adquirió tóner para todo el año, pero solo se entregó la mitad y el dinero restante regresó a la cartera del encargado de compras.

Porque sí había una bodega llena de papel de baño en el juzgado, solo que los empleados lo agarraban para llevárselo a su casa y ya se lo acabaron.

Y todo es una cadena de omisiones, irregularidades e ilegalidades que empiezan desde el eslabón más alto que pide moches para entregar adjudicaciones y crea empresas fantasma para desviar millones de pesos, y continúan desarrollándose y extendiéndose hasta el eslabón más bajo que se roba artículos de oficina para su hogar.

Por eso es que no es tan inocente ver a Ruth González Silva regalando tinacos, “arreglando” calles o asistiendo a todos los eventos de su esposo, el gobernador Ricardo Gallardo Cardona.

Ni tampoco ver la nueva campaña adelantada de “Garantía” de Enrique Galindo Ceballos.

Porque están utilizando recursos públicos para promoverse en busca de su siguiente cargo. De perpetuarse en el poder. Recursos que podrían ser destinados a otro rubro, pero en cambio resultan ser para uso personal.

El erario como tarjeta de crédito.

Y como siempre el ejemplo es lo que importa.

Cómo se espera que no haya corrupción en cada oficina de la administración pública, si en el despacho principal se gestan los peores movimientos.

Como en casa… lo que se ve es lo que se aprende y se replica.

“Si el patrón se lleva una millonada, qué más da que nos llevemos 10, 20 o 30 mil pesitos”.

Pero todo es una cadena, un ciclo, que tarde o temprano nos termina por encontrar. En algún momento todos y cada uno de nosotros, hasta los mismos corruptos, hemos sido afectados por este circo llamado gobierno.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Actualmente director editorial de Astrolabio Diario Digital, con interés y experiencia en Transparencia y el Derecho de Acceso a la Información Pública. Formó parte de la tercera generación del MásterLab en edición de investigaciones organizado por Quinto Elemento Lab.