Por Victoriano Martínez

En la vorágine de movimientos sorpresivos –por insólitos, escandalosos y vituperables– que se dieron entre los partidos políticos y sus presuntos militantes en los últimos meses, todo resultaba hasta cierto punto imprevisible, salvo una cuestión igualmente inaudita: cada movimiento, por extraño que resultara, más tarde tendría su confirmación.

La coalición entre el PRI, el PAN y el PRD –con el PCP de pilón– fue primero una extraña posibilidad derivada de esa unión a nivel nacional y que aquí se confirmó con la presentación al Consejo Estatal Electoral y de Participación Ciudadana, a la media noche del 10 de noviembre, de la solicitud de registro del convenio de coalición que se trabajó prácticamente en secreto.

Esa misma noche en que se conoció esa mezcla que parecía tan imposible como la del agua con el aceite, se dio también el intento de registro de otra coalición, la de Morena-PVEM-PT, para postular a Ricardo Gallardo Cardona como candidato a gobernador. La militancia local de Morena lo impidió, lo que no evitó que Mario Delgado, su líder nacional, dejara de operar para favorecer a Gallardo.

De ahí en adelante, la degradación politiquera se abrió paso de tal forma que los partidos se desdibujaron como tales y se convirtieron en meros instrumentos de politiqueros y politiqueras urgidos de seguir conectados al erario, para lo que no tuvieron empacho en saltar de un partido a otro en busca de satisfacer sus intereses personales.

Los casos más emblemáticos fueron los de Sonia Mendoza que saltó del PAN al PVEM, y el de Leonel Serrato, quien se fue de Morena también al PVEM. Ambos casos acompañados de una presunta desbandada hacia el Verde, aparentaron una atracción de Gallardo Cardona como el gran político aglutinador de fuerzas, cuando en realidad se trataba de un mero pepenador de basura electorera.

A partidos revueltos, política de intrigas y bajezas. El líder morenista se revela como uno de los más representativos al operar con el PT para mantener en la candidatura a la gubernatura la coalición PT-PVEM por su clara inclinación política y personal por la candidatura de Gallardo Cardona.

Un actitud con tintes de venganza contra la dirigencia y la militancia local de Morena que no le permitieron imponer la candidatura de Gallardo Cardona con la que se ha visto consecuente al hacer a un lado a los morenistas locales en, cuando menos, las dos candidaturas más importantes para las elecciones del 6 de junio: la de gobernador y la de presidente municipal de la capital.

Cuando el 2 de febrero citaron a cuatro de las 18 precandidatas a la gubernatura para informarles que Mónica Rangel Martínez encabezaba las encuestas, Francisca Reséndiz Lara abandonó la reunión para denunciar la imposición de una no morenista en la candidatura.

Bastaron ocho días para que la inaudita determinación de la dirigencia nacional de Morena se confirmara y Mario Delgado presentara a Rangel Martínez como la candidata que protagonizó otro acto inesperado: no se presentó al CEEPAC a solicitar su registro como candidata, lo hizo a través de un par de enviados.

El 14 de febrero se dio otro acto de esos con características inauditas con Mario Delgado otra vez como uno de los protagonistas: le dio la bienvenida a Xavier Nava Palacios como precandidato de Morena para su reelección como presidente municipal de San Luis Potosí. Sobre los otros seis precandidatos Delgado no dio señal de reconocer su existencia.

Aquella inaudita presentación con tintes de destape tardó doce días en confirmar lo único previsible en el actual panorama de partidos revueltos, ganancia de politiqueros: la tarde noche de este jueves comenzó a circular la lista de los candidatos de Morena a las 58 presidencias municipales en la que aparece Nava Palacios para la capital.

Lo imprevisibles que en su momento fueron los casos de las hoy candidaturas por Morena de Mónica Rangel Martínez y Xavier Nava Palacios vinieron a confirmar que, por increíble que parezca un movimiento de politiquería, todo es posible y ya se puede esperar cualquier cosa.

Si hubo un tiempo en que se apuntaba que cuando un político decía una cosa –“no habrá devaluación”, por ejemplo– era porque ocurriría todo lo contrario. Involucionados aún más a politiqueros, hoy se puede decir que esos personajes están convencidos de una cosa… y de lo totalmente opuesto ¡también!