Astrolabio

Carlos Rubio

Ricardo gozaba de sentir el aire libre, ese aire que viaja cientos de kilómetros esquivando obstáculos y su único destino será romperse al contacto con su piel; aún más espléndido era en un día soleado y el viento se filtraba a través de los árboles para volverse tan fresco como una nube chocando contra su ser. Tenía 53 años y lo único que hacía era leer. Leía desde que era un niño, leía acostado en su cama, leía sentado en la sala de su casa, leía en una cómoda silla que había instalado en su techo, leía en su banqueta, leía caminando sobre la tierra, leía caminando sobre la piedra, leía bajo los arcos del edificio que había mandado construir el señor José Encarnación Ipiña, leía frente a los cuadros de Margarito Vela en el templo de la Compañía, leía frente al lienzo de Santa Eduvigis en la capilla de Loreto, dejó de leer un tiempo, y luego volvió a leer a las afueras del edificio del que habían sido expulsados los jesuitas hace muchos años; leía, leía y leía, pero donde más apreciaba leer, era sentado en una de las bancas que rodeaban el jardín Juárez, antes llamado jardín Arista.

Era un bello lugar con frondosos árboles y verdes jardines; con bancas lo suficientemente cómodas para sentarse por más de una hora, pero menos de dos; con un servicio de carruajes al frente, jalados por caballos blancos y cafés; adornado en medio con una pequeña fuente de donde emanaba el agua por la que habían llegado ahí los españoles en el año 1592, pero que se encontraron con un gran problema al toparse con los tlaxcaltecas y los guachichiles que estaban asentados ahí, porque era imposible que la sangre española conviviera con los indígenas. Por eso llegó el capitán Miguel Caldera, criado por frailes franciscanos en Zacatecas, hijo del español Pedro Caldera y de María, una mujer chichimeca. El capitán Caldera estableció su popular forma de colonización pacifica para enviar a los indígenas hasta Tlaxcalilla para ser cristianizados y quedarse con el agua que pensaban explotar hasta la última gota para sacar todo el oro y la plata del Cerro de San Pedro.

Ahí se sentaba Ricardo a leer, en una banca frente al edificio Ipiña en donde se había fundado la pequeña pero hermosa ciudad de los jardines. Después de 15 minutos de estar hojeando su libro, levantaba la cabeza y durante otros 15 minutos apreciaba la obra en cantera del ingeniero Octavio Cabrera, y luego de otros 15 minutos regresaba la vista a su libro y 15 minutos después volteaba al cielo a ver los barandales de la terraza, y 15 minutos más tarde releía unos párrafos que olvidó y en otros 15 minutos apreciaba cada uno de los dieciséis arcos que tenía frente a sus ojos. Así eran las mañanas y las tardes de Ricardo, que a su edad ya tenía la cara tan arrugada como la había tenido su padre.

El jardín Juárez era bello, pero había otra razón por la que Ricardo apreciaba tanto ese lugar. Ahí yacía su esposa, o quizá era su alma o su esencia. Se conocieron justo ahí 20 años antes, mientras él se había quedado dormido en una banca y ella con un cigarrillo en la mano fue a pedirle que se levantara, molesta por la imagen que transmitía el somnoliento hombre. Ricardo abrió sus ojos y segundos después vio la silueta de Francisca rodeada por los rayos del sol. Llevaba puesto un vestido blanco, tan reluciente que reflejaba la luz y golpeaba la vista. Delgada. De cabello desordenado, largo hasta el pecho y color marrón. Su estatura no superaba el metro con sesenta y su piel jugaba con un tono aperlado. Ese encuentro, aunque efímero, cautivó a Ricardo, que no era más que un simple jardinero al que curiosamente le gustaba leer, no sabía por qué.

Comenzó a notar la presencia de Francisca en el jardín y se dio cuenta de que estaba ahí la mayor parte del tiempo, sentada en una banca fumando sola. Un día sin si quiera pensarlo se sentó junto a ella con un libro en la mano y la saludó. Francisca, confundida, no lo recordaba, pero le agradó la melodiosa voz de Ricardo, así que decidió platicar un rato con él. Hablaron durante una hora, y al siguiente día también lo hicieron, pero dentro de tres días platicaron treinta minutos más, y la siguiente semana fueron dos horas de arrojar palabras. Ricardo le mostraba sus libros y a Francisca le gustaba que Ricardo le enseñara sus libros. A la vez, Francisca le obsequiaba cigarros a Ricardo y, aunque al principio no le gustaban mucho, en un tiempo comenzó a aceptar el sabor.

Sus días se fusionaron. Ricardo se sentaba a la derecha de la banca con un libro en su mano izquierda y un cigarro en la otra, y Francisca se sentaba a la izquierda de la banca con un libro en su mano derecha y un cigarro en la otra. La mujer de corta estatura tenía apenas dos años menos que Ricardo, pero aparentaba mayor edad; su rostro tenía más de veinte arrugas y el tabaco había coloreado sus dientes de un amarillo oscuro.

Ella atendía por la mañana una tienda de hiervas medicinales muy cerca del jardín Juárez. Cuando salía iba y se encontraba con Ricardo, quien ya la esperaba sentado en la banca de siempre frente al edificio Ipiña, con dos libros aguardando en sus manos; platicaban un rato y luego leían un par de páginas; platicaban otro rato y volvían a leer otro par de páginas. Al poco tiempo se casaron y comenzaron a vivir juntos. La monotonía se apoderó de su relación, pero ellos no tenían problema, con el simple hecho de sentir la esencia del otro era suficiente para sentirse cómodos.

Su casa se llenó de libros y de cigarros; las páginas estaban más amarillas de lo normal por sus dedos manchados de tabaco. Sus ropas desprendían el fuerte aroma de dos cajetillas al día. Vivían en casa de Ricardo, pero también vivían en el jardín Juárez. Lo protegían como si fuera suyo. Respiraban con gran alivio y paz el oxigeno que provenía de los árboles. Les gustaba escuchar el agua al caer en la fuente y cuando había brisa en la dirección adecuada, el agua llegaba hasta su espalda refrescando sus cuerpos. Cuando el dinero se los permitía, subían a un carruaje y paseaban por un rato hasta que sus piernas les pidieran caminar de nuevo.

Tan largo fue su encuentro como corta su despedida. Fue aquel martes cuando Ricardo salió a trabajar y Francisca no dejó de toser hasta que escupió sangre y manchó su cigarro. Sintió tanto dolor en un costado de su cuerpo que sus gritos se ahogaron, como si su estomago explotara y el ácido comenzara a deshacer sus huesos; como si sus pulmones se hicieran cenizas y no tuviera donde guardar aire; como si poco a poco sus órganos perdieran su lugar y fueran cayendo uno por uno hasta el suelo; como miles de agujas atravesando su hígado y su corazón. Así terminó la vida de Francisca y no quedó más que el humo de su tabaco a medio terminar.

Ricardo pasó de estar solo a estar acompañado y a volver a estar solo. Cuando enterró a Francisca, regresó a su casa, tomó una cubeta de fierro, le prendió fuego por dentro y echó todos sus libros, porque todos los había leído Francisca y no podía soportar verlos ni tocarlos de nuevo. A la media noche salió de su casa y fue hasta el jardín Juárez donde esparció las cenizas de aquellos libros que había leído tanto que memorizó de la primera palabra hasta la última. Y fue como Ricardo se deshizo de Francisca, al menos por un tiempo.

Aunque por un momento la conexión de Ricardo con el jardín Juárez se rompió, se volvió a tejer cuando el hombre regresó a sentarse a la banca que había abandonado por al menos tres años y en su mente era como visitar a Francisca que, de alguna forma, se encontraba ahí, viéndolo todos los días. Decidió cambiar la nostalgia y la amargura por una limitada sensación imaginaria de compañía.

Con la ausencia de su esposa había dejado de fumar, pero también de leer. Volvió a comprar libros cuando el tiempo transcurrió y regresó a ser el de antes de aquella tarde en la que se quedó dormido y una extraña lo despertó: un cotidiano Ricardo.

El jardín Juárez envejecía más rápido de lo habitual, nadie lo cuidó y el pasto se comenzó a secar junto a los árboles que lo adornaban. Eso preocupó a Ricardo, pero al mismo tiempo algo en sus pensamientos le hizo entender que ya era tiempo de despedirse de Francisca, así que lo tomó con naturalidad, como si aquel jardín fuera una vida que estuviera a punto de cumplir su tiempo en la Tierra y debe irse a continuar en otra parte. Mientras el verde se desvanecía y las hojas caían, él seguía yendo todos los días, pero ya estaba listo para dejarlo ir.

Transcurrían los años 50 cuando no quedó ni el rastro de que esa plaza había sido un jardín, sólo se mantuvo la pequeña fuente al centro, la cual no duró mucho tiempo. Se pavimentó y se cambió el nombre a Plaza Fundadores, porque ahí llegaron los españoles en su búsqueda insaciable de oro.

Ya no había bancas ni sensación de humedad. Fue un martes cuando Ricardo se acercó a la fuente y se sentó en una orilla. Se aseguró de que los arcos seguían ahí y no se hubieran secado. Sintió una brisa que empujó el agua y la hizo caer sobre su espalda. Inhaló, tan profundo que su pecho se expandió como nunca lo había hecho. Exhalo, y de él salió el último rastro de tabaco que quedaba.

Gracias Francisca, le dijo al viento.

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