Abelardo Medellín Pérez
Luego de que hace unos días se confirmara la renuncia de Gerardo Sánchez Zumaya a sus aspiraciones por la gubernatura de San Luis Potosí, la consecuencia inmediata que se ha percibido en el ambiente político es la de una vacante que espera ser tomada: la del antigallardismo.
En este espacio lo habíamos dicho semanas atrás. Sánchez Zumaya no era un perfil atractivo por ser mejor que el actual gobernador, Ricardo Gallardo Cardona; de hecho, la opinión dominante en el círculo rojo es que eran muy similares. No, Sánchez Zumaya no estaba ni más preparado, ni tenía mejores intenciones, ni tampoco presentaba un proyecto de Estado claro, coherente o ciudadano. Por supuesto que no.
El aspecto más popular de la opción zumayista era su desmedida y estruendosa enemistad con el grupo (y, en específico, con el apellido) en el poder.
El movimiento de Zumaya capitalizó los disgustos desarticulados de diversos sectores, afectados por un sexenio desmedido en irregularidades y abusos. Maestros, sector salud, víctimas, trabajadores de gobierno, académicos, estudiantes e incluso simpatizantes de otros partidos políticos.
Desafortunadamente para quienes ya se habían subido a dicho barco, el proyecto hizo aguas antes de arrancar y se fue a pique. Con ello, el único proyecto antigallardista genuino en su discurso terminó barrenado al fondo de la carrera política.
Ante la debacle de la única oposición electoral con oportunidades rumbo al 2027, el alcalde Enrique Galindo Ceballos se envalentonó en el marco de su quinto informe y declaró en diversas entrevistas que, para todo efecto, él se asumía como un “antigallardista”.
La autoadscripción forzada de Galindo al bando antioficialista, pese a los esfuerzos y recursos gastados por difundirla, no empata con sus acciones como alcalde y opositor de papel.
Galindo se dice opositor, y su ayuntamiento permitió que el gobierno estatal edificara centros de espectáculos y edificios sin conexiones reguladas por INTERAPAS, afectando con ello a las colonias de la ciudad. Galindo se presume antigallardista, pero nunca condenó institucionalmente la forma en que la administración de Gallardo Cardona se olvidó dolosamente de la cooperación en proyectos para la capital. Galindo se asume un antagonista del grupo en el poder, pero se mantiene mudo ante las decenas de eventos calumniosos que la Red de Gestión Comunitaria organizó para que la senadora Ruth González Silva denostara al gobierno capitalino, con apoyo y recursos de las dependencias estatales.
Galindo despertó esta nueva faceta en vísperas de dejar su actual cargo para buscar el siguiente; ahí, su carácter opositor solo le sirve a él como propaganda. Para la ciudadanía, fueron cinco años perdidos en pasividades tibias.
El alcalde capitalino no es el único que aspira a ocupar la vacante. Casi a la par de las jactancias públicas de Galindo, se difundieron comunicados alusivos a que el exsenador Primo Dothé Mata también se presume como merecedor de tomar la estafeta antioficialista.
“¿PRIMO DOTHÉ PARA RESCATAR EL ZUMAYISMO?”, así titularon al boletín confeccionado artificialmente para promover la imagen de Dothé como heredero de la “estructura zumayista”. El problema, de nuevo, es que el desvanecido zumayismo no tenía una estructura formal, sino una quimérica amalgama de disgustos.
¿Qué esperan rescatar entonces el alcalde y el exsenador? ¿Descontentos que nunca atendieron durante sus mandatos? ¿El papel del opositor que nunca asumieron?
Zumaya no era un opositor por haber despertado un día y haberse puesto dicho título; le dieron ese título cuando (en su muy particular y cuestionable estilo) amenazó con convertir la candidatura en un proyecto personal de revancha contra el gobernador.
Fue una conquista violenta y abusiva del personaje de opositor. Podríamos analizar luego su nivel de efectividad, pero nunca dudar que logró el cometido de convertir el conflicto privado en una razón para, por lo menos, emocionar al votante potosino.
Las grises personalidades y carreras públicas de quienes ahora quieren hacerse de dicho papel están lejos de llenar la vacante opositora que tanta falta nos hace y cuya ausencia solo beneficia a Gallardo Cardona; un gobernador que ya saborea las mieles de una sucesión sin inconvenientes.





