La maldita necesidad de que todo sea negocio

Alejandro Rubio

Antes de comenzar a leer le pido por favor que realice un sencillo ejercicio, para que las palabras que estoy a punto de soltar tengan un poquito más de sentido: analice cualquier red social que frecuente y cuente cuántos anuncios publicitarios le aparecen, en los que se le intenta vender algún objeto o servicio.

Para este 2026 es demasiado sencillo que nos cuelen publicidad sobre la venta de cualquier cosa, y el principal culpable es el teléfono celular y el segundo las redes sociales; si no se restringen adecuadamente los permisos, prácticamente cualquier aplicación inunda de propaganda las notificaciones; así como basta con colocar el correo electrónico en una página web para que también la bandeja de entrada esté repleta de una inmensa cantidad de “promociones y descuentos”.

Antes era común, pero no tan sencillo. Bastaba con apagar la televisión para iniciar la desconexión y concentrarte en tu día a día, y aunque las marcas seguían ahí, sobre el microondas, refrigerador, estufa y demás electrodomésticos en el hogar, no es comparable con lo que se vive actualmente: ni soltando el teléfono podemos estar en paz porque en segundos, una notificación enciende la pantalla y nos hace voltear la mirada. Tampoco es tan sencillo como desactivarlo, porque se ha vuelto un aparato imprescindible para la comunicación… o eso nos han hecho creer.

Curiosamente la era en la que todo aparenta estar más conectado, estamos más desconectados de la realidad. La interacción a través de redes sociales nos ha traído problemas que antes no existían y estar siempre presentes en la vida de los demás a través de “estados” o publicaciones despierta interpretaciones, comentarios e incluso envidias que antes no estaban, por el simple hecho de que no se estaba al tanto de las personas 24/7.

Con el paso de los años las redes sociales han perdido ese sentido de “conexión” con el que comenzaron; sí, por allá del 2009 era impensable que Facebook te arrojara 100 anuncios diferentes en menos de cinco minutos, hoy ya es una triste realidad. Ya no son las herramientas para conectarte con las personas que conoces y compartirles tu vida, sino que se han vuelto un negocio publicitario.

Lo que antes conseguía un caro espectacular en las calles en un mes, hoy lo hace una red social en cuestión minutos, claro, con una inversión y mucho menos trabajo, pero esa facilidad para llegar a cualquier persona es lo que justamente vulnera la paz y tranquilidad de todos en su propia cama, porque claro, un espacio publicitario no es nada si no se consiguen ventas, entonces las redes atosigan a los usuarios con una cantidad inimaginable de anuncios hasta que lo obligan a convencerse de que necesita tal producto o servicio.

Cuidado con utilizar el buscador de Google o Facebook para cualquier duda, porque con solo colocar “dolor de cabeza” las redes se inundan de doctores, farmacias, hospitales; “bebés” e inmediatamente salen promociones de carriolas, juguetes, guarderías; “Brasil” y aparecen agencias de viajes, aerolíneas, hoteles.

Es común cometer la inocentada de hacer una búsqueda de aquellas y estarse fumando dos semanas de anuncios sobre todo lo que se puede conocer en un viaje de una semana a Europa.

Y a veces ni hacer eso se requiere. Por default las aplicaciones ya necesitan mostrar toneladas de anuncios, así que basta con la edad y la ubicación del usuario para que se comiencen a hacer conjeturas y se arrojen resultados sobre el pollo frito más cercano.

Entonces todo lo que consumimos termina siendo un bombardeo incesante de vender, vender y vender; pasas una “historia” y viene un anuncio, ves a dos amigos más y otro anuncio. Lo que comenzó invadiendo el feed de Facebook poco a poco se ha ido incluyendo en todas partes, como un parásito que va tomando el control y definiendo no solo el rumbo de la red social, sino de quienes la consumen, ya que el nivel de persuasión es estúpidamente enorme.

A la vez, el propio contenido que realizan los usuarios en su mayoría ya dejó de estar enfocado en cultivar o enseñar y simplemente se concentra en el entretenimiento o el morbo que tiene más poder de atracción y de permanencia, por lo que se puede monetizar fácilmente.

Al final de cuentas todo gira en torno al dinero. Este modelo estrictamente capitalista nos ha dejado huecos, vacíos, sin capacidad de razonamiento; ya no sabemos qué es lo que realmente necesitamos, sino simplemente qué queremos o, mejor dicho, qué nos hacen pensar que queremos.

La publicidad de verdad nos ha orillado a pensar que necesitamos un nuevo celular cada año para subsistir; que es necesaria una prenda nueva para cada reunión que tengamos, sin importar que sea cada semana; que debemos viajar a otro país para sentirnos realizados; que importa demasiado la marca de una pantalla de televisión.

A veces toda la vida es tan simple, que nos gusta hacerla complicada.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Actualmente director editorial de Astrolabio Diario Digital, con interés y experiencia en Transparencia y el Derecho de Acceso a la Información Pública. Formó parte de la tercera generación del MásterLab en edición de investigaciones organizado por Quinto Elemento Lab.